
Mi trabajo es muy emotivo en sus dos etapas: durante la concepción y diseño de los modelos en sí y durante su comercialización. Esto sucede por la natural vinculación entre ambas etapas pues, como en otras áreas, la demanda orienta la producción. En mi caso, el nivel de producción es insipiente y está sujeto a las necesidades particulares de mis clientes quienes me solicitan hechuras especiales y otros diseños exclusivos; muchas veces imaginados por los clientes mismos. La selección, el corte y el diseño de las piedras, la proyección de las dimensiones y detalles de los artículos y los pormenores que personalizan las piezas es todo un rito como lo es el confeccionar un traje para un torero; un articulo puede llegar a ser tan llamativo o discreto, sencillo y suntuoso, significativo o insignificante como se desee. En la comercialización la experiencia es igualmente emotiva pero cualitativamente distinta. El trato con las personas es un aspecto muy particular en este negocio. Primero debo haber ganado la suficiente confianza en ellos para que lleguen a ser mis clientes. Esta confianza se gana poco a poco con constancia y absoluta honestidad. Son estas dos palabras las claves para crecer en este medio. En los años sesentas y setentas se toleró a nivel normativo en México muchos abusos y timos en este rubro, pues no se obligaba a los productores a garantizar los quilatajes en sus artículos vendidos a sus clientes. Hoy en día, esta observancia legal ya es realidad y es respetada por un gran número de productores en el país aunque aún, no deja de haber infracciones a la ley en perjuicio de los consumidores. Una vez gananda la confianza en la clientela viene lo demás. Ellos mismos me recomiendan y la clientela va creciendo en cantidad y muchas veces en calidad. Después de un tiempo me he dado cuenta que mi cartera de clientes es también mi cartera de amistades queridas y que siempre me hacen crecer en varios sentidos.

Algo del proceso de fabricación e historia Collares, anillos, aretes, pulseras y demás alhajas, que portan siempre un motivo prehispánico o son reproducción de un adorno antiguo, se producen en el taller de joyería con la técnica de la cera perdida. A los moldes de hule se les inyecta la cera y se forma una pieza hueca que es colocada, junto con otras, en forma de árbol. Una vez terminado, el llamado árbolito se mete a un tubo de fierro, denominado cubilete y se le vierte yeso. Después de haberlo dejado reposar aproximadamente doce horas, se calienta el cubilete a una temperatura de 800º ó 850º grados y la cera se pierde. El siguiente paso es llenar el hueco que dejó la cera con el metal y una vez que se enfrió el cubilete, cada una de la piezas que conforman el árbolito se desprenden, se limpian, se lijan y se procede a unir cada parte de la joya final. En los bancos de trabajo se pulen las piezas, se les da textura y se les agregan los dispositivos para aretes, prendedores o lo que vaya a producir. En lo que respecta a la platería, ésta se trabaja con la técnica de vaciado en tierra y la producción va más enfocada a piezas coloniales, sobre todo religiosas. Actualmente se incluyen cerca de 300 imágenes en el Catálogo de Reproducciones del INAH; la Cabeza de Palenque, la colección de oro de Monte Albán de la tumba 7 y, en platería, la palomita o las tijeras, son algunas de las joyas más solicitadas. Las figuras siempre traen un sello del INAH, para garantizar su calidad, y una cédula que indica la procedencia, cultura, periodo, dimensiones originales, así como la colección a la que pertenecen. Sol Levín, titular de la Coordinación Nacional de Control y Promoción de Bienes y Servicios, recordó en entrevista que la idea originaria de los talleres de reproducciones fue la reapreciación de la estética prehispánica y la posibilidad de que la gente pudiera obtener piezas bellas. Pero a esto se suma la fidelidad y calidad de las obras. "Se puede obtener el placer estético sin necesidad de ser el único dueño del original; además, con estos trabajos se satisface la demanda del visitante realmente interesado y cautivado por la estética de la diferentes culturas prehispánicas y la colonia. Sin embargo, el trabajo del rescate por conocer cómo se elaboraban las piezas antiguamente es la aportación más importante de los talleres", dijo Sol Levín. Para la coordinadora, el objetivo del taller de reproducciones es la capacidad que ha habido, desde el interior del INAH, de comprender que no solamente es necesario conservar la pieza, el objeto material, sino todo el conocimiento que tiene detrás, ese patrimonio intangible, además de fomentar la apreciación de las diferentes manifestaciones culturales que a lo largo de la historia se han dado en este territorio. Desde la perspectiva de Sol Levín, para el visitante mexicano, el llevarse una reproducción significa un orgullo porque lo siente como una raíz; para el extranjero es una expresión de admiración hacia otra cultura; y para la Institución lo que eso representa es una manera de llevar la difusión cultural hasta la casa, hasta el entorno de la vida cotidiana de las personas. El Catálogo de Reproducciones del INAH se puede consultar vía Internet (www.inah.gob.mx), donde además se encontrarán las fichas técnicas de las piezas. Las figuras se venden en la mayoría de los museos del INAH del interior de la República y en la Ciudad de México, en las tiendas del aeropuerto, del Museo Nacional de Antropología y en el Castillo de Chapultepec.
 Para los antiguos indígenas Prehispánicos, las piezas de oro tenían dos significados: Por una parte, indicaban la pertenecía a un clan y servían de símbolo para mostrar la relación con alguna especie animal. Tanto el oro como los representado con él, eran concentraciones de energía superhumana. Por otra parte, eran los vehículos de intermediación entre los seres humanos y las divinidades, razón por la cual exponían al sol las piezas ceremoniales de oro, de tal forma que entregaban sus ofrendas individuales o colectivas a un sacerdote, quien las depositaba en lagunas o otros lugares sagrados, generalmente cerca de grandes rocas que simbolizaban el espíritu de sus antepasados convertidos en piedra desde el advenimiento del sol y la creación de la luz. Las lagunas por su parte simbolizaban el útero de la tierra que, al recibir las ofrendas, son fertilizadas y los ríos que nacen allí, esparcían su fertilidad a los sembrados. De allí se generó la famosa leyenda de EL DORADO, que fue descrita así, por Juan Rodríguez Freyle: "En aquella laguna de guatavita hacían una gran balsa de juncos, adornada lo más vistoso que podían. Desnudaban al cacique y lo untaban y rociaban todo con oro en polvo, de tal manera que iba todo cubierto de este metal; metianlo en la balsa, parado y a los pies le ponían un gran montón de oro y esmeraldas para que ofreciese a su dios. Partiendo la balsa, sonaban cornetas y fotutos, y llegaba la medio de la laguna daban señal para el silencio... Hacia el indio dorado su ofrecimiento echando todo el oro y esmeraldas que llevaba en medio de la laguna... y concluida la ceremonia comenzaba la grita, con grandes coros de bailes y danzas a su modo. De esta ceremonia se tomo el nombre de EL DORADO tan celebrado" El oro un metal sagrado, receptor de la energía del sol, estrella que da vida y máxima fuente de fertilidad, fue la ofrenda religiosa suprema y símbolo de prestigio de los líderes de la comunidad, quienes mediaban entre el mundo actual y el supranatural. Los objetos de oro encarnan un profundo contenido simbólico y son una expresión de la visión mítica de las culturas prehispanicas. Diversas representaciones de la fauna y del hombre con rasgos animales, revelan la fusión de los mundos reales y míticos: En el principio no existía diferencia entre hombres y animales; con el advenimiento del sol y de la muerte los hombres fueron expulsados del mundo primario, en el que estaba la fuente de todo poder; es en el ritual, con sus danzas, sus cantos y máscaras, como el hombre entra en contacto con ese mundo inicial, retornando al estado del hombre-animal para alcanzar el control super natural del cosmos. El chamán, Líder espiritual de la comunidad, se puede trasformar en un pájaro o un jaguar y asumiendo que sus poderes penetran el mundo oculto, fuente de toda sabiduría. Esas asociaciones, el poder simbólico atribuido al oro, su sagrado origen y sus funciones simbólicas y rituales, están presentes en las culturas prehispánicas de América, en especial las colombianas, las que a pesar de las diversas tecnologías usadas y los diferentes estilos regionales, se pueden agrupar así: Tairona, Sinú, Quimbaya, Calima, Tolima, Muisca, Tumaco, Nariño, San Agustín y Tierra Adentro
La joyería en la historia Máscara fúnebre del faraón de la XVIII dinastía egipcia, Tutankamon. Máscara funeraria en oro macizo, con incrustaciones de lapis lazuli y pasta de vidrio de color azul. El tesoro fue descubierto por Howard Carter y Lord Carnavon en 1922, en el Valle de los Reyes. Pectoral de jade del dios Murciélago; cultura Zapoteca, México Deidad de oro puro; cultura Tierradentro, Colombia Maravilloso vaso Chimú en oro puro y turquesa. Representa a Naymalap con penacho de plumas y pectoral de jade. Cultura inca del Perú |